Tumbada en la cama, con papel y bolígrafo en mano, intenta encontrar palabras que trasmitan la idea peregrina que pasea por las calles de su mente.
Detiene un instante su pensamiento alzando la vista en busca de algo capaz de manifestar lo que siente dentro.
Su mirada cesa la búsqueda, vuelve al papel y tomando el bolígrafo impregna de palabras el papel entonces blanco.
Retoma la búsqueda de palabras portadoras de su inquietud.
Observa el papel repleto de garabatos.
Siente incompleta su búsqueda.
Para, se detiene.
Pulsa el botón que señala Play en su radio, accionando la emisión de una melodía seguidora de un compás de libre albedrio.
Apaga sus parpados, inspira.
Se limita a escuchar.
Da riendas sueltas al asalto de ideas que envuelven su mente por segundos.
Da paso a las palabras que emanan de su alma inconsciente.
Aprieta las ideas con sus manos en in intento por evitar que se esfumen como el humo de su cigarro.
Acciona el Stop, volviendo al silencio su radio.
Desliza la tinta incesantemente por las pálidas hojas de su cuaderno.
Siente la irremediable necesidad de encontrar el sentido con el que dotar sus palabras.
Permanece ensimismada, carente de espíritu.
Algo toca su mente volviéndola a la vida.
Comienza de nuevo.
Queda poco.
Segundos después expira un soplo de alivio.
Una estrecha sonrisa se deja entre ver en su rostro, declarando la victoria de su búsqueda.
Observa admirada y estupefacta el resultado de la fluidez del pulso de sus pensamientos.
Espera ansiosa la llegada de la próxima idea que despierte su inquietud y llene de color las páginas del cuaderno.
Una piza de confianza asoma por el brillo de sus ojos.

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